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18 mayo 2010

La bananera república estadounidense



Por Koldo Campos Sagaseta

El desastre ecológico y las decenas de muertos que ha provocado en el Golfo de México la explosión y hundimiento de una plataforma petrolera, vuelve a colocarnos frente a la triste realidad de una república bananera, y hablo de la estadounidense, que a su natural torpeza e ignorancia, agrega la arrogancia de creerse paradigma de todas las virtudes y, en consecuencia, imprescindible guía para los demás países a los que se empeña en dictar pautas para su progreso y desarrollo.

Y estos tres ingredientes: ignorancia, torpeza y arrogancia, suelen ser demoledores cuando suman sus letales efectos. Si esta catástrofe hubiera ocurrido en cualquier otro país americano, a los grandes medios no les habría faltado tiempo para denunciar la pésima gestión del accidente, la incompetencia puesta en evidencia o la irresponsable ocultación de datos. Pero ha ocurrido en Estados Unidos, donde su presidente, apenas hacía un mes que había levantado la prohibición de realizar nuevas exploraciones de gas y petróleo por el riesgo que conllevan y donde acaba de volver a cancelar los permisos hasta que no se investigue y se conozca lo ocurrido.

De momento, las únicas certezas que parece tener el presidente Obama es que será la empresa British Petroleum la que asuma los costos del desastre, y que todas las valoraciones que funcionarios de distintos niveles estuvieron manejando y haciendo públicas en los primeros días del desastre resultaron erróneas; ni las fugas de crudo eran las que se afirmaron, ni la gravedad de los vertidos era el que se estimaba, ni la velocidad de la mancha ha sido la que se preveía. Todas las medidas adoptadas han sido insuficientes o simples desatinos; ni prender fuego a las manchas ha servido para extinguirlas ni las barreras flotantes han evitado su avance.

De las decenas de muertos y desaparecidos nadie se acuerda.

Imposible no recordar el paso del huracán Katrina años atrás. Y no sólo por afectar el mismo litoral sino por el grado de ineptitud demostrado en ambos casos y que retrata a los Estados Unidos como la más bananera de todas repúblicas.

En aquella ocasión, a pesar de saberse la trayectoria y dirección de la tormenta Katrina desde siete días antes, sólo a última hora comenzaron a activarse los mecanismos de seguridad y socorro; sólo fueron trasladados los ciudadanos que pudieron costearse su salvación; los guardias nacionales encargados de preservar las vidas en las ciudades y comarcas inundadas, no estaban en ese servicio, sino empleados en otros afanes y oficios, a 12 mil kilómetros de distancia, en Iraq; buena parte del material de socorro que debió servir para resguardar la vida de la población amenazada por la tormenta, ya transformada en huracán, tampoco estaba donde debía sino en Iraq; no había refugios en condiciones ni dotados de comida, linternas, mantas o agua potable; la población más pobre y más negra fue la más perjudicada y la que más muertos y desaparecidos aportó a la tragedia; turbas armadas asaltaron algunos supermercados y policías provocaron más víctimas disparando sobre alborotadores y personas desesperadas; a las zonas de desastre llegaron antes los periodistas que los médicos y las cámaras de televisión antes que los botiquines; todavía se ignora el número de muertos y desaparecidos; el presidente estaba de vacaciones.

Por si no bastaran los citados ingredientes para definir como bananera esa república, buena parte de las ayudas destinadas a auxiliar a las víctimas se extraviaron por el camino y terminaron transformadas en vacaciones caribeñas, viajes a Australia y otros dispendios parecidos.

No es el primer grave accidente que ocurre este año en Estados Unidos ni tampoco el primer símil que pueda hacerse entre la sociedad que más alardea de progreso y desarrollo y el tercermundismo más ramplón.

En los primeros días de abril morían alrededor de 30 trabajadores en una mina de Virginia, tras una explosión cuyo origen aún se busca aclarar. La empresa Massey Energy´s Performance Coal, dueña de la mina, dispone de un largo historial de mortales accidentes. De hecho, tres años antes, en otro accidente ocurrido en su mina Sago, de Virginia, murieron 12 obreros. En aquella ocasión la empresa se declaró culpable de 10 cargos criminales vinculados a ese siniestro y en el 2009 tuvo que pagar 2, 5 millones de dólares en multas, bastante menos, obviamente, de lo que tendría que invertir en las medidas de seguridad que ignora.

En febrero de este año también se registraba una enorme explosión en una central eléctrica en Connecticut, cuyo desenlace en relación a las posibles víctimas causadas sigue siendo un misterio. Según las primeras informaciones de la policía local, recogidas por la cadena estadounidense NBC, la explosión había provocado “múltiples muertos y heridos”. El periódico local “Hartford Courant” aseguraba que cerca de un centenar de trabajadores se hallaban en el interior de la planta cuando sobrevino la explosión.

El administrador de la planta, Gordon Holk indicó que un indeterminado número de trabajadores estaba desaparecido, y que estaban procediendo a su búsqueda y rescate. Algunos testigos afirmaron haber visto cuerpos por todas partes y que bajo los escombros quedaban muchas víctimas. Sin embargo, la policía sólo reportó la muerte de dos trabajadores y un centenar de heridos, para que tres meses más tarde se siga sin saber qué fue, en verdad, lo que pasó y cuantas personas perdieron la vida.


Fuente Rebelión



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01 febrero 2010

Obama, un año después




A la memoria de Howard Zinn,
maestro, camarada y amigo


Por Atilio Boron

Al cumplir un año la Administración Obama presenta inequívocos signos de deterioro. Según el Rasmussen Report, dedicado a producir un seguimiento día a día de la popularidad de los presidentes de Estados Unidos, en apenas un año la aprobación popular de la gestión de Obama descendió desde un 65 % el día de su inauguración al 47 registrado el 27 de enero del 2010.[1] En esa misma fecha la encuestadora Gallup le asignaba un porcentaje levemente superior de aprobación popular: 48 %, desde un 69 % inicial.[2]

Las razones de esta rápida declinación son muy variadas: la crisis general capitalista ha generado un profundo descontento popular que las ortodoxas medidas adoptadas por la nueva administración para enfrentar la crisis fundamentalmente, el multimillonario rescate de los grandes oligopolios a costa del gasto social y la muy injusta repartición de los esfuerzos para superarla- no hacen sino acentuar. En los días previos a su discurso ante el Congreso y golpeado por la inesperada pérdida de la banca senatorial en el Estado de Massachussets, tradicional bastión del partido Demócrata, Obama anunció su intención de establecer regulaciones más estrictas sobre los bancos y el sector financiero y, además, de promover un conjunto de medidas tendientes a favorecer la creación de empleos y facilitar el acceso de las familias de los trabajadores a crecientes niveles de educación.

Estas promesas fueron sin duda impulsadas por la derrota electoral y la pérdida de la estratégica super-mayoría en el Senado (60 votos sobre los 100 que componen ese cuerpo) que, entre otras cosas, le permitiría avanzar con su programa de reforma del sistema de salud. Pero también fueron aguijoneadas por la constatación de la indignación popular desatada por el contraste entre las exuberantes ganancias de los principales operadores bancarios y la caída de los ingresos (y el aumento del desempleo) de los trabajadores. Goldman Sachs, tal vez el más importante banco de inversión del mundo, anunció días atrás que en 2009 había obtenido “una ganancia de US$ 3.385 millones, antes del reparto de dividendos, una cifra que resultó seis veces mayor que el beneficio logrado en 2008.” [3] 

Es decir, para el capital financiero la crisis fue un espléndido negocio, y por eso los gerentes y directivos de Wall Street serán premiados, tal como lo asegura Robert Reich, con una suma cercana a los 25.000 millones de dólares en bonificaciones anuales que serán distribuidas en los próximos meses entre un puñado de privilegiados.[4] Un verdadero escándalo para un país cuya tasa real de desempleo –es decir, incluyendo a los trabajadores indocumentados, los que trabajan a medio tiempo y los que dejaron de buscar empleo- supera ya la marca del 20 % y en el cual las diferencias de remuneraciones entre la gerencia y los trabajadores se ha disparado a las nubes. Hace unos 25 años los primeros percibían salarios que fluctuaban entre 30 y 40 veces por encima de los del trabajador medio; en la actualidad estudios concretos revelan que esa diferencia alcanzó la astronómica cifra de 344 veces. Magia del mercado, que le dicen. [5]

Llegados a este punto es conveniente preguntarse por las razones que produjeron tan fenomenal polarización entre las remuneraciones de unos y otros. Hay dos causas principales: por una parte, las políticas neoliberales de desregulación y liberalización de la vida económica, que removieron los controles existentes desde la época del New Deal y la posguerra que ponían ciertos límites al despotismo del capital. Ronald Reagan comenzó la demolición y sus continuadores, sin excepción, profundizaron esa política. Por otro lado, el radical debilitamiento de los sindicatos: si en la década de los cincuentas más de la tercera parte de los empleados del sector privado estaban sindicalizados, la legislación anti-laboral (“flexibilización” y precarización de la relación obrero-patronal) promulgada desde los años ochenta hicieron que la proporción de trabajadores encuadrados en organizaciones sindicales se desplomara a un 7 % en los últimos años. Investigaciones empíricas demuestran que en las empresas sin sindicatos los gerentes tienen sueldos y compensaciones un 20 %  superiores a las de sus colegas en empresas en donde existen sindicatos; y que los trabajadores en las primeras perciben ingresos muy superiores a los que reciben quienes se desempeñan en otras en las cuales no hay actividad sindical.

Lo anterior revela los alcances del proceso de intensificación de la explotación capitalista en Estados Unidos y la exacerbación de la concentración de la riqueza en manos de la clase dominante. En cierto sentido podría pues decirse que en ese país asistimos a una situación en la cual la lucha de clases se desenvuelve sordamente bajo un espeso velo ideológico que impide a las clases y capas subalternas adquirir una verdadera comprensión de sus propias condiciones de existencia y las causas de sus pesares. Toda la industria cultural norteamericana ha sido diseñada para negar la existencia de las clases y su irreconciliable contradicción. 

La permanente invocación y exaltación del American Dream -que llegó a su apoteosis con la llegada de un afro-americano a la Casa Blanca- no es sino ese cemento ideológico del cual hablaba Gramsci y mediante el cual los víctimas del sistema se culpabilizan a sí mismas de sus miserias y fracasos e inocentizan al sistema capitalista por sus desdichas y padecimientos. Lucha de clases velada y, además, atrofiada, porque la crisis del movimiento obrero, el derrumbe del sindicalismo y la claudicación del partido Demócrata (que abandonó por completo su antigua pretensión de representar a las capas medias y los trabajadores para entregarse de cuerpo y alma a los yuppies del capital financiero) dejan a la enorme masa de trabajadores asalariados norteamericanos huérfana de toda expresión política y sindical y, por eso mismo, sin capacidad para poner coto a las exacciones a que se ve sometida por la clase dominante. Bajo estas condiciones, los anuncios y la retórica de Obama difícilmente puedan surtir algún efecto: se requiere mucho más que palabras y discursos, y parece que eso es todo lo que aquél puede ofrecer al menos por ahora.

El deterioro de la situación social en los Estados Unidos puede graficarse elocuentemente si se repara que a partir del 2008 “7 millones perdieron su empleo,... 1 de cada 8 (norteamericanos) se alimenta a través de vales de comida y 1 de cada 5 dice que el año pasado tuvo serios problemas para dar de comer a los suyos.” [6] También, si se tiene en cuenta que “si antes de las reaganomics (en los años 70s ) el 10% más acomodado capturaba menos de un tercio de la riqueza -igual no era poco-, hoy se alza con la mitad.”[7] Esto constituye el telón de fondo de los recientes anuncios de Obama. Son también, por supuesto, factores que explican la abrupta caída en la popularidad presidencial. De todos modos, bastó que aquél hiciera algunos anuncios previos en relación a estos programas para que el establishment norteamericano y sus voceros reaccionaran con virulencia, fulminando al ocupante de la Casa Blanca con el rótulo de “populista” por su fuerte “retórica en contra de los bancos.” [8]

Pero el malestar y la debilidad de Obama tiene también otras fuentes: una de ellas es la generalizada sensación de que la “guerra infinita” de George W. Bush es una pesadilla interminable que se agrava con el paso del tiempo, tal como lo demuestran las fatídicas noticias que a diario llegan de Irak, Afganistán y Pakistán. Y si bien en su alocución al Congreso Obama aseguró que las tropas estacionadas en Irak regresarían a casa en Agosto son pocos los que creen en semejante promesa. Es más, no sería absurdo conjeturar que la creciente militarización de las relaciones hemisféricas -con base en Colombia, convertida en la Israel latinoamericana- podría tener como consecuencia la apertura de un tercer frente bélico, ahora en esta parte del mundo.

A ello agréguese la muy difundida percepción de que la decadencia del “imperio americano” no encuentra en el ocupante de la Casa Blanca el piloto de tormentas que se necesita para enfrentar tan delicada situación agravada, además, por la creciente complejidad de un escenario global caracterizado por: (a) la aparición de nuevas actores dotados de extraordinarios recursos –China, en primer lugar, pero también India, Rusia y la misma Unión Europea- y (b), por el surgimiento de inéditos desafíos, como el cambio climático, la crisis del agua, el terrorismo internacionalizado y el tráfico ilegal de drogas, personas y armas, cuestiones estas que ponen en entredicho la eficacia de los mecanismos tradicionales de intervención en el sistema internacional.

Por eso, a poco andar, La obsesión por derrocar a Hugo Chávez y “normalizar” el cuadro político latinoamericano podría llegar a precipitar tal desatino.las promesas electorales de Obama se fueron abandonando sin mayores explicaciones. Su decepcionante conducta en la Cumbre de Copenhagen demostró claramente la tibieza de sus afanes innovadores.Y lejos de “desmilitarizar” la política exterior de Estados Unidos lo que hizo Obama, sin fuerzas para sobreponerse a las presiones de sus generales y el “complejo militar-industrial”, fue delegar cada vez más sus prerrogativas como comandante supremo de las fuerzas armadas en manos del establishment. Una buena prueba de ello la ofrece el hecho de que el presupuesto militar aprobado para este próximo año es el mayor de toda la historia de Estados Unidos, superando con largueza el billón de dólares (un millón de millones de dólares) si se consideran los gastos militares efectuados por todos los departamentos de la Administración federal y no sólo por el Pentágono. 

Lejos de revertir el papel dominante del Departamento de Defensa en la formulación de la política exterior, que es uno de los legados más funestos de la era Bush Jr., lo que hizo Obama fue proseguir en el mismo curso, algo que podía fácilmente pronosticarse a partir de la ratificación de Robert Gates al frente del Pentágono, nombrado como se recordará por su predecesor en reemplazo de Donald Rumsfeld. La gira por Asia mostró, además, a un presidente norteamericano a un paso de la humillación en su visita a China, y con Japón reclamando cada vez con más energía la redefinición de las relaciones nipo-estadounidenses constreñidas aún por los leoninos arreglos de la postguerra y las secuelas de la Guerra Fría.

En lo que hace a esta parte del mundo el desempeño de Obama fluctúa entre la intrascendencia y, otra vez, la continuidad con las políticas de Bush Jr.  Pese a sus promesas de cerrar en el plazo de un año la cárcel ilegal que mantiene en la base naval de Guantánamo Obama tuvo que reconocer que tal cosa será imposible, al menos por ahora. La Cuarta Flota sigue navegando nuestras aguas y ahora los marines (unos 14.000 al día de hoy) asumieron el control de una devastada Puerto Príncipe que necesita médicos, trabajadores sociales, ingenieros y arquitectos y no máquinas de matar. El objetivo, claro está, es reforzar hasta el paroxismo su control territorial en la región, y el terremoto y la posterior tragedia haitiana le brindó a Washington una magnífica excusa, al igual que el derrumbe de las Torres Gemelas lo hizo para lanzar los planes belicistas de Bush y compañía. 

El comportamiento de Obama durante el golpe de Honduras fue, al principio errático, pero luego que la Secretaria de Estado Hillary Clinton fijara la postura de los sectores dominantes del imperio -que encuentran en ella a su más calificada y confiable representante- y caracterizara lo ocurrido en ese país centroamericano como un “interinato” la Casa Blanca se plegó a la línea emanada del “gobierno permanente” de Estados Unidos y, en la actualidad, ha convalidado plenamente el golpe por la vía del reconocimiento de la validez de unas elecciones tan fraudulentas y viciadas que la OEA y el Centro Carter decidieron que no valía la pena monitorear.

Como si lo anterior fuera poco Obama no hizo absolutamente nada en relación a la situación de los 5 cubanos prisioneros en las cárceles de Estados Unidos, bajo condiciones que ni siquiera se le aplica al más feroz criminal serial y que fueron sentenciados en un escandaloso juicio que constituye una vergüenza para el sistema judicial norteamericano. En relación al bloqueo a Cuba, condenado por toda la comunidad internacional con la excepción del propio Estados Unidos, su estado-cliente Israel y su protectorado en la Micronesia, Obama no tomó ninguna medida significativa para la eliminación de tan infame política. 

Como si lo anterior fuera poco firmó con Uribe un tratado por el que se le concede a Estados Unidos el derecho a instalar siete bases militares en Colombia, cuyo objetivo apenas silenciado es el de poder controlar con sus aviones cualquier movimiento significativo que tenga lugar en Sudamérica, hasta las cercanías del Cabo de Hornos. Tal como lo señalara el Comandante Fidel Castro, ese tratado constituye en realidad una anexión de facto de Colombia a los Estados Unidos: sus militares y civiles pueden entrar y salir a voluntad de Colombia, sin utilizar pasaportes. Basta para ello con exhibir un simple carnet de identidad. Los colombianos que quieran ingresar a Estados Unidos, en cambio, son sometidos a toda clase de controles y vejaciones. Los cargamentos que los norteamericanos internen o saquen del país no pueden ser sometidos a fiscalización alguna por parte de las autoridades colombianas.

Pueden importar armas de destrucción masiva, si se lo proponen; y exportar estupefacientes, cosa que ya hicieron en el pasado (recordar el affaire Irán-Contras). Por si lo anterior no bastara, los estadounidenses establecidos en Colombia gozan de total inmunidad diplomática y no pueden ser llevados a los tribunales colombianos por cualquier delito o crimen cometido en ese país. Y este tratado lo firmó Obama, no Bush.  Para resumir: al cabo de un año la gestión Obama revela que es más de lo mismo, a pesar de sus recientes arrestos dialécticos que habrá que ver si son sucedidos por iniciativas concretas, cosa que no parece demasiado probable. Noam Chomsky tenía razón cuando advirtió, mucho antes de su elección, que “Obama es un blanco que tomó demasiado sol”.

- Dr. Atilio A. Boron, director del Programa Latinoamericano de Educación a Distancia en Ciencias Sociales (PLED), Buenos Aires, Argentina www.centrocultural.coop/pled-  http://www.atilioboron.com

[1]http://www.rasmussenreports.com/public_content/politics/obama_administration/obama_approval_index_history
[2] http://www.gallup.com/home.aspx
[3]Obama pone un drástico límite a los bancos y al sector financiero, en Clarín  http://www.clarin.com/diario/2010/01/22/elmundo/i-02124926.htm
[4] http://www.clarin.com/diario/2010/01/21/opinion/o-02124068.htm
[5] «Workers Need Added Clout To Close The Pay Gap with CEOs”, en http://www.commondreams.org/view/2008/09/01
[6] Cf. Hinde Pomeraniec, “Gerente o líder”, http://www.clarin.com/diario/2010/01/28/elmundo/i-02128501.htm
[7] Cf. Néstor Restivo, “El lento declive de la clase media y el sueño americano”, en http://www.clarin.com/diario/2010/01/28/elmundo/i-02128501.htm
[8] “CBS’s Reid calls Obama’s populism ‘more like politics than a real plan’”, en http://businessandmedia.org/articles/2010/20100125145911.aspx


Fuente ALAI

Imagen Lacoste



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21 enero 2010

Haití: Primera ocupación militar del poder "inteligente"



Haití: Primera ocupación militar del poder "inteligente"

Por Ángel Guerra Cabrera

Estados Unidos se ha aprovechado de la más reciente tragedia haitiana para implantarse militarmente en el país caribeño por largo tiempo. Así se veía venir desde que Washington anunció el envío de una magnitud de medios bélicos a la sufrida nación más propios de una invasión armada que de una operación humanitaria. Subrayando las tácticas del poder inteligente en la era de Obama, el ablandamiento artillero –por ahora– lo hace la televisión, que pasa imágenes dantescas del sufrimiento de los haitianos, separándolas de su contexto social y político, como si no se debieran principalmente a una historia de despojo y atropello imperial de siglos. Las imágenes no hacen más que sacar a flote un cuadro humano apocalíptico que, aunque ahora agravado, ya existía antes del sismo.

Mientras las terribles tomas televisivas movilizan una ola de solidaridad internacional nunca vista, la ocupación militar marcha viento en popa disfrazada de acción de socorro. Han llegado a Haití el superportaviones Carl Vinson y su grupo de batalla, incluidos tres buques de desembarco anfibio y dos navíos lanzamisiles, barcos y helicópteros de la Guardia Costera, una unidad de elite de 2 mil marines, 3 mil 500 soldados de la 82 División Aerotransportada –la misma que actuó en las invasiones de República Dominicana, Granada y Panamá–; en fin, según anuncia el Pentágono, están por arribar entre 9 mil y 10 mil militares de Estados Unidos.

El aeropuerto y el tráfico aéreo están bajo el control de su fuerza aérea y sus militares han desplazado a un segundo plano a las fuerzas de Naciones Unidas, a cuyo comando no se subordinan. Surgen protestas de Francia, Brasil, Venezuela y la Caricom, cuyos aviones no reciben permiso de aterrizaje de los yanquis. El formidable despliegue bélico está lejos de ser temporal, ha llegado para quedarse como lo confirman las gráficas declaraciones de la señora Clinton en su visita a Haití y las del vocero del Departamento de Estado Philip Crowley: “
vamos a permanecer allí a largo plazo…”, e igualmente las del general Douglas Frazer, jefe del Comando Sur, a cargo de la "ayuda", extensamente reproducidas por el académico canadiense y experto en geoestrategia Michell Chossudovsky en su artículo "La militarización de la ayuda de emergencia a Haití: ¿es una operación humanitaria o una invasión?", publicado en el sitio web Global Research.

Chossudovsky afirma que
"esta renovada presencia militar estadunidense en Haití será utilizada para establecer un punto de apoyo en el país y también persigue los objetivos estratégicos y geopolíticos de Estados Unidos en la cuenca del Caribe, que están en gran medida dirigidos contra Cuba y Venezuela". Cuba ha mantenido una brigada médica en el país caribeño durante 11 años, que en el momento del terremoto atendía pacientes en 227 de las 237 comunas, apoyada con recursos de alta tecnología aportados por Venezuela. En universidades cubanas se han formado 548 médicos haitianos; con sus colegas cubanos hacen una fuerza de unos mil integrantes, que ahora realiza su labor principalmente en Puerto Príncipe. Mientras el cuello de botella en el aeropuerto no permite que llegue la ayuda, los hospitales de campaña cubanos han atendido a cientos de haitianos y operado a decenas. Cuba desarrolla otros programas de cooperación, también sin costo alguno para Haití, entre ellos uno de alfabetización. Venezuela le suministra petróleo en condiciones muy favorables a través de Petrocaribe basándose en los principios de solidaridad de la Alianza Bolivariana para los Pueblos de Nuestra América (Alba).

Esto es lo que molesta a Estados Unidos, que ha sido incapaz de otra cosa en Haití que de saquearlo inmisericordemente apoyándose en sucesivas intervenciones militares desde principios del siglo XX. Al igual que en Honduras, Washington busca yugular allí acciones como las de Cuba y Venezuela que permitan a sus habitantes ponerse por sí mismos sobre sus pies.

Haití fue el primer gran faro revolucionario de la libertad del mundo colonial, ocupó en el siglo XIX el lugar que tocó a Cuba en el XX. Las viejas potencias coloniales y Estados Unidos le han estado haciendo pagar la osadía de su gran revolución social, la primera antiesclavista triunfante de la historia, precursora de la independencia de América Latina.

Washington no va a hacer nada por la libertad y el bienestar de los haitianos. Vivir para ver.


Fuente La Jornada



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16 enero 2010

La inmoralidad mayor



Por John Saxe-Fernández

La inclusión de Cuba en la lista de países que el Departamento de Estado califica de patrocinadores del terrorismo internacional, a la que congresistas de derecha quieren agregar Venezuela, además de arbitraria e injusta, como afirmó el Ministerio de Relaciones Exteriores de la isla, es otro indicio de que con Obama persiste y se amplía lo que C. Wright Mills llamó la inmoralidad mayor.

Es decir, el ascenso de la cúpula castrense que, en medio de la crisis que abate la economía imperial, hace de la guerra y el narcotráfico el mejor de los negocios, convirtiéndose en un estrato capitalista que engrana intereses del alto capital con la política del sector militar, a la vez que acentúa el papel castrense en las decisiones de política exterior y de seguridad nacional.

La cincuentenaria y renovada embestida contra Cuba se inscribe en una amplia gama de operaciones del Consejo de Seguridad de Obama: esquemas de guerra psicológica de corte propagandístico-electoral contra fuerzas progresistas y nacionalistas de Latinoamérica, que incluyen la activa participación de grandes firmas (como la que protagonizó Halliburton de México durante el mandato Bush/Cheney en la campaña contra AMLO en 2006); de fundaciones, ONGs y del National Endowment for Democracy, vinculado al aparato de inteligencia, que también opera en la región con un notorio aumento presupuestal que, de 53, pasó a poco más de 300 millones de dólares, lo que dice mucho en tiempos de penuria económica.

El variado menú imperial contra gobiernos de centro-izquierda tiene platillos del poder suave y duro que incluyen intimidaciones como las de Clinton contra los que osan seguir políticas domésticas y externas soberanas, que recuerdan oscuras épocas de la diplomacia mundial, y también atroces operativos de terrorismo de Estado: ataques a civiles inermes usando tropas no oficiales; golpes de Estado, como en Honduras (integrante de la ALBA) seguidos de brutal represión policial-militar y, como en Afganistán, con su dosis de ejecuciones extrajudiciales. Agréguese la proliferación de bases en Colombia y Panamá; la profundización de la campaña contra Venezuela y las violaciones de su espacio aéreo, así como frecuentes manoseos en las relaciones cívico-militares sudamericanas por parte del Comando Sur, y se tendrán pistas sólidas de la continuidad con el atroz régimen Bush/Cheney.

Se trata de una tendencia estructural signada por la aguda militarización de la política exterior y sus operaciones diplo-militares, integrando los programas de intervención y ocupación que realizan el Comando Norte en México y Canadá, y el Comando Sur en América Central y Sudamérica: de ahí la semejanza con las operaciones de terror de Estado en Irak, Afganistán y Pakistán donde, como ocurre con el Plan Colombia, son endémicas las masacres de la población civil usando fuerzas paramilitares y ejércitos mercenarios que operan como firmas de seguridad.

El asunto es grave: Estados Unidos es una potencia militar bajo fuerte crisis económico-financiera, energética, ambiental y de acceso a recursos naturales estratégicos, con inclinación a recurrir a los instrumentos castrenses para neutralizar su debilitamiento hegemónico, monetario y la competencia de otros polos industriales y geopolíticos en Europa y Asia, también ávidos de mercados y recursos naturales. Lo que coloca a la inmoralidad mayor como amenaza de primer orden a la estabilidad y seguridad internacional, y por tanto en primer lugar de la agenda de las naciones, empezando por las de América Latina y el Caribe y de la Corte Penal Internacional.

Además de cerrar filas con Cuba y Venezuela, es crucial exigir el ingreso de Estados Unidos a la comunidad civilizada de naciones: los crímenes de guerra (Irak, Afganistán, ColombiaÂ…) se castigan bajo jurisdicción internacional. Para empezar, que Estados Unidos respete el derecho internacional y se someta, como el resto del mundo, a las Convenciones de Ginebra.


Fuente La Jornada


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07 enero 2010

“Pacificación” presidencial en América Latina



Por Noam Chomsky

Barack Obama es el cuarto presidente estadunidense en ganar el Premio Nobel de la Paz y se une a otros dentro de una larga tradición de pacificación que desde siempre ha servido a los intereses estadunidenses.

Los cuatro presidentes dejaron su huella en "nuestra pequeña región de allá, que nunca ha molestado a nadie" como caracterizó al hemisferio el secretario de Guerra, Henry L. Stimson, en 1945.

Dada la postura del gobierno de Obama hacia las elecciones en Honduras de noviembre último, vale la pena examinar el historial.


Theodore Roosevelt

En su segundo mandato como presidente, Theodore Roosevelt dijo que "la expansión de pueblos de sangre blanca o europea durante los pasados cuatro siglos se ha visto amenazada por beneficios duraderos para los pueblos que ya existían en las tierras en que ocurrió dicha expansión" (pese a lo que puedan pensar los africanos nativos americanos, filipinos y otros "beneficiados" puedan creer).

Por lo tanto, era "inevitable y en gran medida deseable para la humanidad en general, que el pueblo estadunidense terminara por ser mayoría sobre los mexicanos" al conquistar la mitad de México”, además de que "estaba fuera de toda discusión esperar que los (texanos) se sometieran a la supremacía de una raza inferior".

Utilizar la diplomacia de los barcos artillados para robarle Panamá a Colombia y construir un canal también fue un regalo para la humanidad.


Woodrow Wilson

Woodrow Wilson es el más honrado de los presidentes galardonados con el Nobel y posiblemente, el peor para América Latina. Su invasión a Haití en 1915 mató a miles, prácticamente reinstauró la esclavitud y dejó a gran parte del país en ruinas.

Para demostrar su amor a la democracia, Wilson ordenó a sus marines desintegrar el Parlamento haitiano a punta de pistola en represalia por no aprobar una legislación "progresista" que permitía a corporaciones estadunidenses comprar el país caribeño. El problema se remedió cuando los haitianos adoptaron una Constitución dictada por Estados Unidos, redactada bajo las armas de los marines. Se trataba de un esfuerzo que resultaría "benéfico para Haití", aseguró el Departamento de Estado a sus cautivos.

Wilson también invadió República Dominicana para garantizar su bienestar. Esta nación y Haití quedaron bajo el mando de violentos guardias civiles. Décadas de tortura, violencia y miseria en ambos países fueron el legado del "idealismo wilsoniano", que se convirtió en un principio de la política exterior estadunidense.


Jimmy Carter

Para el presidente Jimmy Carter, los derechos humanos eran "el alma de nuestra política exterior". Robert Pastor, asesor de seguridad nacional para temas de América Latina, explicó que había importantes distinciones entre derechos y política: lamentablemente la administración tuvo que respaldar el régimen del dictador nicaragüense Anastasio Somoza, y cuando esto resultó imposible, se mantuvo en el país a una Guardia Nacional entrenada en Estados Unidos, aun después de que se habían perpetrado matanzas contra la población "de una brutalidad que las naciones reservan para sus enemigos", según señaló el mismo funcionario, y en que murieron unas 40 mil personas.

Para Pastor, la razón es elemental: "Estados Unidos no quería controlar Nicaragua ni ningún otro país de la región, pero tampoco que los acontecimientos se salieran de control. Quería que los nicaragüenses actuaran de forma independiente, excepto cuando esto podía afectar los intereses de Estados Unidos".


Barack Obama


El presidente Barack Obama distanció a Estados Unidos de casi toda América Latina y Europa al aceptar el golpe militar que derrocó a la democracia hondureña en junio pasado.

La asonada reflejó "abismales y crecientes divisiones políticas y socioeconómicas", según el New York Times. Para la "reducida clase social alta", el presidente hondureño Manuel Zelaya se había convertido en una amenaza para lo que esa clase llama "democracia", pero que en realidad es el gobierno de "las fuerzas empresariales y políticas más fuertes del país".

Zelaya adoptó medidas tan peligrosas como el incremento del salario mínimo en un país en que 60 por ciento de la población vive en la pobreza. Tenía que irse.

Prácticamente solo, Estados Unidos reconoció las elecciones de noviembre (en las que resultó victorioso Pepe Lobo); las que se celebraron bajo un gobierno militar y que fueron "una gran celebración de la democracia", según el embajador de Obama en Honduras, Hugo Llorens.

El apoyo a los comicios también garantiza para Estados Unidos el uso de la base aérea de Palmerola, en territorio hondureño, cuyo valor para el ejército estadunidense se incrementa medida de que está siendo expulsado de la mayor parte de América Latina.

Después de las elecciones, Lewis Anselem, representante de Obama ante la Organización de Estados Americanos, aconsejó a los atrasados latinoamericanos que aceptaran el golpe militar y secundaran a Estados Unidos "en el mundo real, no el el mundo del realismo mágico".

Obama abrió brecha al apoyar un golpe militar. El gobierno estadunidense financia al Instituto Internacional Republicano (IRI, por sus siglas en inglés) y al Instituto Nacional Democrático (NDI, por sus siglas en inglés) que, se supone, promueven la democracia.

El IRI regularmente apoya golpes militares para derrocar a gobiernos electos como ocurrió en Venezuela, en 2002, y en Haití, en 2004. El NDI se ha contenido. En Honduras, por primera vez, éste instituto acordó observar las elecciones celebradas bajo un gobierno militar de facto, a diferencia de la OEA y la ONU, que seguían paseándose por el mundo del realismo mágico.

Debido a la estrecha relación entre el Pentágono y el ejército de Honduras, así como la enorme influencia económica estadunidense en el país centroamericano, hubiera sido muy sencillo para Obama unirse a los esfuerzos de latinoamericanos y europeos para defender la democracia en Honduras.

Pero Barack Obama optó por la política tradicional.

En su historia de las relaciones hemisféricas, el académico británico Gordon Connell-Smith escribe: "Mientras se habla de dientes para afuera en favor de una democracia representativa para América Latina, Estados Unidos tiene importantes intereses que van justo en la dirección contraria", y que requieren de "la democracia como un mero procedimiento, especialmente cuando se celebran elecciones que, con mucha frecuencia, han resultado una farsa".

Una democracia funcional puede responder a las preocupaciones del pueblo, mientras "Estados Unidos está más preocupado en coadyuvar las condiciones más favorables para sus inversiones privadas en el extranjero".

Se requiere una gran dosis de lo que a veces se conoce como "ignorancia intencional" para no ver estos hechos.

Una ceguera así debe ser celosamente guardada si es que se desea que la violencia de Estado siga su curso y cumpla su función. Siempre en favor de la humanidad, como nos recordó Obama otra vez en su discurso al recibir el Premio Nobel.


Fuente La Jornada

Imagen Rukleman Soto



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06 enero 2010

Millones de hambrientos en EE.UU.



Por Rebeca Logan

Pocos se imaginan que en Estados Unidos, el país más rico y que más alimentos produce, existen niños como Daniel, quien a sus cinco años tiene que depender de un banco de comida para su alimentación.


Su padre perdió su trabajo en el 2008 y desde entonces su familia ha batallado para mantenerse a flote, incluso en ocasiones subsistiendo con sólo una comida al día. Su madre, Santana, trabaja como vendedora en una tienda, pero el dinero no le alcanza para alimentar a sus seis hijos, a pesar de recibir bonos de alimentos del gobierno y subsidios escolares.

Y el caso de Daniel y su familia no es único, según explica Russ Fraser de Feeding America, la principal organización de lucha contra el hambre en Estados Unidos, que anualmente provee alimentación gratuita a nueve millones de niños, incluyendo la familia de Daniel quien reside en Colorado.

"El número de niños que pasan hambre en este país es impresionante. Uno de cada cuatro niños están en una situación de inseguridad alimenticia, que significa que no tienen el acceso adecuado a una alimentación completa, pero también estamos viendo que incluso hay un porcentaje que está pasando hambre, que se acuestan sin comer", dijo Fraser a BBC Mundo.

Uno de los factores que mitiga el hambre para estos niños son las comidas que reciben en las escuelas públicas del país, pero incluso ahí se están viendo los estragos.

"Me han contado algunos maestros que han visto niños que envuelven los sobrados del almuerzo en la escuela para llevarse y tener que comer cuando llegan a sus casas", relata Fraser.

Y para quienes crean que las campanas para "adoptar" niños pobres se limitaban al Tercer Mundo, en la página web de Feeding America, se pueden ver fotos de niños tiernos al lado de titulares que rezan: "por cada dólar donado ayudas a proveer 7 comidas para hombre, mujeres y niños que enfrentan hambre en nuestro país"


Vacaciones con hambre

Pero cuando llegan las vacaciones, 17 millones de niños dejan de recibir estas comidas diarias y recurren a organizaciones como la que representa Fraser que coordina una red de bancos de comida en todo el país que proveen asistencia alimenticia a millones de familias.

En los últimos dos años, con la tasa de desempleo más alta en décadas, millones de familias que han perdido sus casas y empresas que cierran a diario, la necesidad ha alcanzado cifras exorbitantes en un país donde más de 49 millones de personas viven al borde del hambre.

Según datos del gobierno, en el último año el número de personas que viven en la pobreza aumentó en 1.1 millón.

"La demanda de alimentos de nuestra organización a nivel nacional ha subido el 30% en comparación al año pasado, pero en algunas zonas del país, donde han cerrado empresas y no hay ingresos, la demanda aumentó en un 100%, hay comunidades realmente devastadas", anotó Fraser, cuya entidad repartió 400 millones de libras de comida más que el año anterior.


Los ricos también lloran

Pero no sólo los pobres "tradicionales" están sufriendo los estragos de la recesión y la falta de comida. Fraser comentó de un caso en la Florida en el que recibieron una llamada de una familia que necesitaba alimentos.

"Cuando llegaron a la casa vieron que era una vivienda elegante en un buen barrio, y les pareció extraño que los mandaron a distribuir comida a esa dirección. Pero cuando la familia abrió la puerta vieron que la casa estaba completamente vacía. Ambos padres habían perdido su trabajo, y habían empleado o vendido todo lo que tenían, apenas les alcanzaba para pagar la hipoteca, y estaban a punto de perder su casa", relató Fraser.

"La gente no se da cuenta que a pesar de la gran abundancia también existe un nivel de pobreza muy grave. Uno de cada ocho recibe cupones del gobierno para comprar alimentos. Incluso para la gente que tiene trabajo es difícil, primero pagan sus cuentas como el arriendo y la luz, pero a mediados del mes ya no tienen dinero para comprar comida", señaló.

Además de los bancos de comida y organizaciones caritativas, millones de familias en Estados Unidos dependen de los cupones de alimentos, un programa del gobierno que subsidia la compra de productos básicos.


Cupones para millones

Este programa también está viendo cifras récord con 36,5 millones de personas inscritas hoy en día, en comparación a los 29,4 millones que reciban esta ayuda mensual en el 2008. Según J.P. Morgan, que administra en más de 20 estados las tarjetas automáticas que se utilizan para comprar comida bajo este programa, el 85% de los beneficios se agotan en los 3 primeros días.

Pero incluso este alto número no refleja la magnitud del problema ya que hay millones más que son elegibles para recibir estos cupones por sus bajos ingresos, pero que no los utilizan, debido al burocrático proceso de inscripción, porque no saben que tienen acceso o por el estigma relacionado con recibir asistencia pública.

Por ejemplo en el estado de Nueva York, para recibir estos beneficios, que a veces equivalen a US$80 al mes, los solicitantes deben someter sus huellas digitales al igual que quienes son arrestados por cometer un crimen.


La pobreza en otro idioma

"Para muchos recibir los cupones de alimentos es tocar el fondo, se sienten mal. Pero dicen que es preferible eso a dejar a los niños con hambre", explicó Ofelia Tapia, quien da clases de nutrición a personas que utilizan la asistencia pública y los bancos de alimentos en el estado de Virginia.

Tapia relató a BBC Mundo que en particular las familias inmigrantes han sido muy afectadas por la crisis económica y prefieren inscribir a sus hijos en programas de asistencia antes que utilizar beneficios para ellos mismos. Otros simplemente están regresando a sus pases por la falta de trabajo.

"Aunque estamos en el país que toda la gente dice que es el más rico del mundo, aquí también hay pobreza y gente batallando para sobrevivir", comentó Tapia, quien nació en Estados Unidos de padres mexicanos.

"En México hasta en el pueblo más humilde la gente tiene que comer, si hay poco, se reparte y las familias se acogen. Aquí cada uno tiene que pagar lo suyo, y las familias no se acogen", agrega.


Fuente BBC Mundo


El énfasis es mío




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16 octubre 2009

Premio consuelo




Por Atilio A. Boron

En una insólita decisión el Comité Nóbel de Noruega puso fin a siete meses de búsqueda entre los 205 nominados para el Premio Nóbel de la Paz y se lo confirió a Barack Obama. En el camino quedó nuestra entrañable senadora colombiana Piedad Córdoba, cuyos esfuerzos en pro de la paz en su desgarrado país merecían con creces ser recompensados con el Premio adjudicado al presidente norteamericano.

Este fue nominado, y no es un dato menor, cuando apenas se cumplían dos meses de su ingreso a la Casa Blanca. ¿Qué hizo por la paz mundial en ese breve plazo? Pronunciar lavados discursos y formular nebulosas exhortaciones. En cambio la senadora lleva años exponiendo su integridad física detrás de sus palabras y sus acciones a favor de la pacificación de Colombia. Pero el Comité noruego no lo entendió así y Piedad fue una vez más postergada. Mujer, negra, de izquierda, latinoamericana: demasiados defectos para los prudentes integrantes del Comité, siempre “políticamente correctos”, eternos “bienpensantes” que sólo por equivocación elegirían a un personaje público cuyas luchas por la paz no sean aceptables para el imperio. El Dalai Lama lo es; Piedad no. Para aquél el Premio; para ésta el ninguneo.

Por eso no sorprende que la decisión del Comité noruego haya provocado reacciones muy diversas en el sistema internacional: desde el estupor hasta una gigantesca risotada. Las declaraciones del presidente de ese órgano, Thorbjorn Jagland, no tienen desperdicio: “es importante para el Comité reconocer a las personas que están luchando y son idealistas, pero no podemos hacer eso todos los años. De vez en cuando debemos internarnos en el reino de la realpolitik. Al fin de cuentas es siempre una mezcla de idealismo y realpolitik lo que puede cambiar al mundo.” El problema con Obama es que su idealismo se queda en el plano de la retórica, mientras que en el mundo de la realpolitik sus iniciativas no podrían ser más antagónicas con la búsqueda de la paz en este mundo.

Según informa Robert Higgs, un especialista en presupuestos militares del Independent Institute de Oakland, California, la forma como Washington elabora el presupuesto de defensa oculta sistemáticamente su verdadero monto. Al analizar las cifras elevadas al Congreso por George W. Bush para el año fiscal 2007-2008, Higgs concluyó que ellas representaban poco más de la mitad de la cifra que sería efectivamente desembolsada, llegando por eso mismo a superar la barrera, impensable hasta ese entonces, de un billón de dólares. Es decir, de un millón de millones de dólares. Y esto es así porque, según Higgs, a la suma originalmente asignada al Pentágono es preciso sumar los gastos relacionados con la defensa que se ejecutan por fuera del Pentágono, los fondos extraordinarios demandados por las guerras de Irak y Afganistán, los intereses devengados por el endeudamiento en que incurre la Casa Blanca para afrontar estos gastos y los que se originan en la atención médica y psicológica de los 33.000 hombres y mujeres que sufrieron heridas durante las guerras de Estados Unidos y que requieren un abultado presupuesto de la Administración Nacional de Veteranos.

Obama no ha hecho absolutamente nada para detener esta infernal máquina de muerte y destrucción; al contrario, bajo su gestión este presupuesto se incrementó, de modo que aquella barrera del billón de dólares ya quedó bien atrás. Por eso resulta sumamente irritante que cuando por boca de su Secretaria de Estado la Casa Blanca denuncia los “gastos desproporcionados en armamentos”, en lugar de ver la viga que tiene en su propio ojo, el blanco de sus críticas no sea otra que ¡la Venezuela bolivariana!

El flamante Premio Nóbel de la Paz aumentó el presupuesto para la guerra en Afganistán al paso que contempla incrementar el número de tropas desplegadas en ese país; sus tropas siguen ocupando Irak; no da señales de revisar la decisión de George Bush Jr. de activar la Cuarta Flota; avanza en un tratado todavía secreto con Álvaro Uribe para desplegar siete bases militares norteamericanas en Colombia, y se habla de cinco más que estarían a punto de confirmarse, con lo cual está preparando (o se convierte en cómplice) de una nueva escalada guerrerista en contra de América Latina; mantiene su embajador en Tegucigalpa, cuando prácticamente todos se marcharon, y de ese modo respalda a los golpistas hondureños; mantiene el bloqueo en contra de Cuba y ni se inmuta ante la injusta cárcel de los cinco cubanos encarcelados en Estados Unidos por luchar contra el terrorismo.

Claro, el Comité noruego sufre periódicamente algunos desvaríos –no se sabe si ocasionados por su ignorancia de los asuntos mundiales, presiones oportunísticas o las delicias del acquavit noruego-, lo que se traduce en decisiones tan absurdas como la actual. Pero, si en su momento le concedieron el Premio Nóbel de la Paz a Henry Kissinger, correctamente definido por Gore Vidal como el mayor criminal de guerra que anda suelto por el mundo, ¿cómo se lo iban a negar a Obama, sobre todo después del desaire que sufriera a manos de Lula en Kopenhagen? La realpolitik exigía reparar inmediatamente ese error. Porque, al fin y al cabo, como lo declaró el propio presidente de Estados Unidos al enterarse de su premio, éste representa la “reafirmación del liderazgo norteamericano en nombre de las aspiraciones de los pueblos de todas las naciones.” Y, en un súbito ataque de “realismo”, los compañeros del Comité noruego pusieron su granito de arena para fortalecer la declinante hegemonía estadounidense en el sistema internacional. Se sospecha que por esta ayudita ellos también, en su momento, serán debidamente recompensados.


Fuente ALAI



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