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18 mayo 2010

Europa en el espejo argentino



Por Atilio A. Boron

Luego de hacer estragos en su patria de origen, Estados Unidos, el “virus neoliberal”, para usar la acertada expresión de Samir Amin, ha contagiado Europa. Ante los síntomas inocultables de la crisis, los mercados reaccionan con su explosiva mezcla de rapacidad e irracionalidad y evidencian su escepticismo ante las recetas de salida de la crisis elaboradas por el G-20, el FMI o el BM. Para colmo, este fin de semana, Jean-Claude Trichet, presidente del Banco Central Europeo, declaró que “el salvataje de un billón de dólares aprobado por la UE y el FMI es sólo para ganar un poco de tiempo”. Esta opinión fue secundada por el economista-jefe del BCE, Jürgen Stark, quien además dijo que “cuando los mercados se vuelven locos, nadie puede prever las consecuencias”.

El carácter estructural y de larga duración de la crisis es evidente, y sus dimensiones son impresionantes: en Grecia el déficit fiscal en relación con el PBI orilla el 14 por ciento; en Irlanda, casi el 15; en España, está a centésimos del 12; en Portugal supera ya el 9 y en Gran Bretaña, de la cual pocos hablan, el déficit fiscal es apenas una centésima inferior a la incendiada Grecia: 13 por ciento. Estas cifras se apartan brutalmente de las estipuladas en el ya difunto Tratado de Maastricht, por el cual los países europeos se comprometieron a mantener su déficit fiscal por debajo del 3 por ciento del PBI. Todo esto ocurre porque, ante el estallido de la crisis en el verano boreal del 2008, los gobiernos ordenaron al Banco Central Europeo y a sus propios bancos rescatar a las grandes empresas afectadas por la crisis; tal como lo habían hecho en Estados Unidos Bush y Obama, demostrando, por la vía del ejemplo, que la doctrina de la “autonomía del Banco Central” es una engañifa sólo destinada al consumo de los sumisos gobiernos de la periferia.

El problema con estos rescates es que más pronto que tarde los fenomenales desembolsos realizados por los gobiernos se convierten en una deuda de proporciones gigantescas, originando un incontenible crecimiento del déficit fiscal. Dado que hasta hace pocas semanas el FMI se abstuvo de siquiera lanzar una advertencia a los países del mundo desarrollado (cuando por déficit muchísimo menores envía sus letales misiones a cualquier país del Tercer Mundo), el problema no suscitó mayor atención salvo entre los pocos que estaban realmente al tanto de la situación y no creían en las ingeniosas metáforas utilizadas por los gurúes del capitalismo que hacía un año venían hablando de los “brotes verdes” que anunciaban el fin de la crisis.

Charlatanes irresponsables (al igual que los que en la Argentina pronosticaban en marzo del 2002 que para fines de ese año el dólar se cotizaría entre 12 y 14 pesos por unidad), sienten ahora que el mundo se les viene abajo: el euro se desploma, la Eurozona está a punto de desintegrarse, y como los gobiernos capitalistas sólo conciben la salida de la crisis haciéndosela pagar a los trabajadores, el clima social se carga de una conflictividad no vista desde los sucesos de 1968, aunque algunos se remontan hasta las postrimerías de la Primera Guerra Mundial.

La propuesta para griegos y españoles es un calco de las que el FMI impulsara en América latina y que sólo sirvieron para acelerar el derrumbe, siendo el caso argentino el espejo más fiel de lo que probablemente les espere a muchos países de la Unión Europea que todavía se aferran al catecismo neoliberal. El Wall Street Journal del 12 de mayo señalaba que “en la Eurozona y en menos de un mes el FMI dejó de ser un paria para convertirse en una institución esencial cuya bendición es necesaria para los países que necesitan paquetes de rescate”. Este verdadero Dr. Mengele de las economías –que sigue siendo el mismo de antes, pese a declaraciones públicas en contrario– fue el que las autoridades de la Unión Europea eligieron para que administre los remedios que resolverán la crisis. Por eso no sorprende ver a una Europa en pie de guerra social, como respuesta a un programa de ajuste tan brutal como los que padecimos en América latina.

Al igual que en Grecia, el ajuste recesivo de Rodríguez Zapatero en España tiene como uno de sus puntales la reducción salarial del 5 por ciento para la mayoría de los trabajadores y la congelación para los de menor ingreso, los llamados “mileuristas” (por ser aproximadamente ésa la suma que ganan mensualmente). Para demostrar que habrá austeridad para todos, y que ésta será progresiva, el gobierno español decidió que desde el cargo de secretario de Estado para arriba, la reducción sería del 15 por ciento. El único detalle es que mientras el presidente del gobierno español gana 91.982,40 euros por año (cerca de 8000 euros mensuales, amén de diversos gastos que corren por cuenta del erario), el recorte del 15 por ciento difícilmente le producirá alguna merma en su capacidad de ahorro y consumo. Pero para los sectores inferiores de la administración pública –cuyos ingresos oscilan, con premios, complementos y pagas extraordinarias, en torno de los 2000 euros mensuales–, los 100 euros que les serán reducidos incidirán negativamente en su nivel de vida.

David Cameron, el nuevo premier británico, fue más flemático y ordenó una reducción del 5 por ciento de sus emolumentos, pese a que su sueldo anual de 207.500 libras esterlinas (sumando el que le corresponde como premier y como miembro del Parlamento) más que duplica el de su colega español. Estos dos ejemplos bastan para caracterizar la filosofía que inspira estos programas de ajuste. Agréguese a ello que en ningún país de la UE esta reducción del gasto afecta al voluminoso presupuesto militar, parte del cual se destina a financiar guerras inmorales e infames como las que se están librando en Irak y Afganistán. Lo que sí se reducirá será la suma destinada a la cooperación internacional. Sólo en el caso español esto significa una baja de 600 millones de euros, un 8 por ciento en relación con lo previamente presupuestado.

En este contexto, no deja de ser llamativa la conversación telefónica que sostuvieron el 11 de mayo Obama y Rodríguez Zapatero, sobre todo cuando el primero le aconsejó que tomara medidas resolutivas “para calmar a los mercados”. Esta frase es más que semejante a la que en su momento pronunciara el ex presidente Fernando de la Rúa en vísperas del derrumbe de la convertibilidad, cuando también él –como Obama ahora– creía que era imprescindible y factible “llevar tranquilidad a los mercados”. En realidad, los mercados son una institución en la cual la crispación, el desenfreno y la irracionalidad son la norma; además, sin importar cuánto se haga a su favor, son insaciables y siempre querrán más, como se lo hicieron saber a De la Rúa y Cavallo en diciembre del 2001. En las páginas finales del primer tomo de El Capital, Marx describió con vívidos caracteres la naturaleza de los capitalistas y los mercados al decir que “el capital experimenta horror por la ausencia de ganancia... Si la ganancia es adecuada, el capital se vuelve audaz (...) Al 20 por ciento, se pondrá impulsivo; al 50 por ciento se vuelve temerario; por 100 por ciento, pisoteará todas las leyes humanas; y por 300 por ciento no hay crimen que lo arredre, aunque corra el riesgo de que lo ahorquen”. La experiencia de los dos últimos años le dan la razón, y la crisis recién está comenzando a manifestarse.


Fuente Página/12

Imagen eneko


El énfasis es mío



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19 febrero 2010

¡Es Europa, estúpidos!



Por Juan Torres López

Me sirvo de la famosa frase del asesor de Clinton en las elecciones de 1992 James Carville ("¡Es la economía, estúpidos!"), para referirme a la consciente confusión que se está generando desde los medios liberales sobre la situación económica de los países de la periferia europea.

Como es inevitable dado su nivel más atrasado de desarrollo, países como España, Portugal o Grecia han tenido que hacer en los últimos años un gran esfuerzo presupuestario para tratar de alcanzar los niveles de convergencia y bienestar de su entorno más próximo. Sin embargo, en gran medida ha sido insuficiente porque las políticas neoliberales de los últimos años debilitaron sus sistemas productivos y porque los pactos de estabilidad (y la propia voluntad de gobiernos que hacían suyas estas políticas) les obligaron a restringir el gasto. Pero incluso así, algunos pudieron presentar mejores registros y cumplimientos de los pactos de estabilidad que otros grandes países con más poder para saltárselos. Hoy día, Grecia no es ni mucho menos el país europeo que tiene más deuda en porcentaje del PIB y el de España está unos veinte puntos por debajo de la media y, por supuesto, ninguno de ellos ha dejado de hacer frente a sus compromisos.

En los últimos meses, la crisis financiera causada por el irresponsable y a veces incluso criminal comportamiento de gran parte de la banca internacional desembocó, como es bien sabido, en una gran recesión a la que los gobiernos han debido hacer frente, para evitar un completo colapso económico, con planes extraordinarios de gasto. Esa y no otra ha sido la circunstancia que ha hecho subir el déficit presupuestario a niveles tan elevados. Es una burda mentira, por tanto, afirmar que éste último se debe a la irresponsabilidad presupuestaria del gobierno (Grecia, España y Portugal son "unos cuantos derrochadores" según David Sanger en el suplemento en español de The New York Times que acompaña a El País del 18 de febrero). Como es una simple maldad afirmar, como hace el expresidente Aznar, que no se debería haber realizado ese gasto e incurrir en el déficit subsiguiente. Ni los gobiernos más liberales han dejado de llevarlo a cabo y es seguro que sin él la economía española estaría hoy día en el desastre más absoluto.

Otra cosa es que precisamente quienes critican ahora el déficit ganaran el pulso a la hora de diseñar las respuestas fiscales a la crisis y hayan conseguido evitar que se le haga frente con más recursos obtenidos no de la deuda sino de un mayor esfuerzo fiscal de las rentas y patrimonios más altos. No sólo para pagar así menos impuestos sino también para que la banca pueda disfrutar del negocio inmenso que supone suscribir la deuda pública al tres, cuatro o cinco por ciento con el dinero de sus depositantes o incluso con el que el Banco Central Europeo le está proporcionando al uno por ciento con el objetivo, dicen pero que no cumplen, de que vuelva a financiar convenientemente la economía.

También es verdad que estas economías de la periferia son más débiles y atrasadas que las del núcleo duro de la unión monetaria y que eso provoca constantemente desequilibrios y asimetrías de muy difícil gestión. Pero eso es debido, por un lado, al efecto de las propias políticas neoliberales de los últimos años (que han desmantelado sus industrias, frenado la creación de capital social, aumentado la desigualdad y convertido en el patio trasero de las grandes corporaciones europeas). Y, por otro, a que la unión monetaria se diseñó solamente para proporcionar un espacio de ganancia a los capitales europeos y no para lograr una óptima y plena integración de las economías que la conforman. Razón por la cual se instituyó sin disponer de mecanismos suficientes ni adecuados para hacer frente a esas asimetrías o a los shocks que pudieran darse de forma singularizada en alguno de sus países miembros. Una unión monetaria sin hacienda propia, sin política fiscal integrada, sin coordinación política (han tenido que improvisar sobre la marcha para responder al problema griego), sin supervisión financiera centralizada, sin auténticas políticas económicas comunes,... como la que tenemos en Europa está condenada a multiplicar las diferencias y a sufrir más tarde o más temprano en su conjunto los efectos de cualquier problema que afecte alguno de sus países. Aunque eso, evidentemente, no les preocupe a los grandes capitales europeos mientras sigan ganando dinero, como siguen ganándolo.

Se sabía sin lugar a dudas que eso era lo que iba a ocurrir en esta coyuntura de crisis cuando se decidió que cada país le hiciera frente por su cuenta y riesgo. Y así ha ocurrido. Las economías intrínsecamente más débiles por su atraso histórico o por las políticas neoliberales sufren como es natural con más dureza el impacto de la crisis. Lo que además se agrava porque en el marco de la unión monetaria no tienen política de cambio para hacer frente a los problemas externos de su economía y porque bajo el principio de plena libertad de movimientos de capital prácticamente carecen de capacidad de maniobra.

Se dice entonces que hay un problema en Grecia, o en España o en Portugal, y por supuesto también en Italia aunque se mencione menos, pero esa afirmación está sencillamente desenfocada porque donde está el problema es en Europa en su conjunto.

Lo que está ocurriendo es la coincidencia de tres procesos. Uno, la toma de posiciones de los acreedores para imponer a los gobiernos que se están endeudando condiciones que les sean más favorables a la hora de cobrar y de rentabilizar sus inversiones (Ver mi artículo ¿Quiénes y por qué atacan a la economía española, o a la griega? ¿Y qué hacer para evitarlo?). Y eso se está haciendo con la anuencia y complicidad de los dirigentes europeos. Otro, la especulación contra el euro y la presión a las instituciones europeas por parte, principalmente, de capitales de Estados Unidos y Reino Unido. La razón es fácil: después de que esos países hayan puesto más dinero que nadie para hacer frente a la crisis que se inició en sus sistemas financieros ahora van a hacer todo lo posible para pasarle la factura a Europa. Saben que eso lo pueden conseguir si la debilitan y que si la debilitan suficientemente quizá se liberen por mucho tiempo de una molesta piedra en sus zapatos. Y tercero, el aprovechamiento de la coyuntura por parte de los bancos y el capital europeos para garantizar el reembolso de la inmensa deuda que tienen con ellos los bancos de la periferia (sobre todo españoles) y para propiciar de paso un fuerte ajuste neoliberal que no han podido conseguir en los últimos años y que puede llegar a ser tan drástico como el de América Latina de los ochenta y noventa del siglo pasado.

La confusión a la que me refería al comenzar este artículo consiste en creer que todo esto que está pasando es un simple problema de los países de la periferia a quienes graciosamente han de socorrer los más poderosos. No es verdad. El estado de opinión en los mercados tan desfavorable a la deuda de España o Grecia ha sido orquestado y eso se ha podido conseguir fácilmente porque en el actual marco institucional de la Unión Europea se sabe que no hay manera de responder con "orden de escuadra" ante las situaciones delicadas de cualquiera de sus miembros. Es decir, se genera el problema porque se sabe el tipo de respuesta que habrá y que ésta conviene: se juega, pues, sobre seguro.

Es verdad que los ciudadanos españoles o griegos o portugueses o italianos pagarán en mayor medida las consecuencias de esta situación y que sus economías se van a resentir especialmente. Pero quien acabará saltando por los aires si se mantiene el criterio de que cada país arregle sus problemas cuando esto es imposible que pueda ocurrir en una unión monetaria, será la Unión Europea.

En mayo de 2008 un buen grupo de líderes socialdemócratas europeos señalaban que " cuando todo está en venta, la cohesión social se pulveriza y el sistema se hunde" y que además de pragmatismo estábamos necesitados también "de una visión amplia y cooperativa en la búsqueda de objetivos comunes". Lo decían en una carta conjunta que llevaba un título bien significativo: " La locura financiera no debe gobernarnos".

Sus sucesores no les han hecho caso (en realidad tampoco ellos actuaron como luego pregonaban cuando estaban fuera del gobierno) y ahora esa locura gobierna la Unión Europea y la pone a toda ella al borde del abismo.

Juan Torres López es catedrático de Economía Aplicada en la Universidad de Sevilla, colaborador habitual de Rebelión, editor de www.altereconomia.org y miembro del Consejo científico de ATTAC-España. Su web personal: www.juantorreslopez.com


Fuente Rebelión


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01 febrero 2010

Obama, un año después




A la memoria de Howard Zinn,
maestro, camarada y amigo


Por Atilio Boron

Al cumplir un año la Administración Obama presenta inequívocos signos de deterioro. Según el Rasmussen Report, dedicado a producir un seguimiento día a día de la popularidad de los presidentes de Estados Unidos, en apenas un año la aprobación popular de la gestión de Obama descendió desde un 65 % el día de su inauguración al 47 registrado el 27 de enero del 2010.[1] En esa misma fecha la encuestadora Gallup le asignaba un porcentaje levemente superior de aprobación popular: 48 %, desde un 69 % inicial.[2]

Las razones de esta rápida declinación son muy variadas: la crisis general capitalista ha generado un profundo descontento popular que las ortodoxas medidas adoptadas por la nueva administración para enfrentar la crisis fundamentalmente, el multimillonario rescate de los grandes oligopolios a costa del gasto social y la muy injusta repartición de los esfuerzos para superarla- no hacen sino acentuar. En los días previos a su discurso ante el Congreso y golpeado por la inesperada pérdida de la banca senatorial en el Estado de Massachussets, tradicional bastión del partido Demócrata, Obama anunció su intención de establecer regulaciones más estrictas sobre los bancos y el sector financiero y, además, de promover un conjunto de medidas tendientes a favorecer la creación de empleos y facilitar el acceso de las familias de los trabajadores a crecientes niveles de educación.

Estas promesas fueron sin duda impulsadas por la derrota electoral y la pérdida de la estratégica super-mayoría en el Senado (60 votos sobre los 100 que componen ese cuerpo) que, entre otras cosas, le permitiría avanzar con su programa de reforma del sistema de salud. Pero también fueron aguijoneadas por la constatación de la indignación popular desatada por el contraste entre las exuberantes ganancias de los principales operadores bancarios y la caída de los ingresos (y el aumento del desempleo) de los trabajadores. Goldman Sachs, tal vez el más importante banco de inversión del mundo, anunció días atrás que en 2009 había obtenido “una ganancia de US$ 3.385 millones, antes del reparto de dividendos, una cifra que resultó seis veces mayor que el beneficio logrado en 2008.” [3] 

Es decir, para el capital financiero la crisis fue un espléndido negocio, y por eso los gerentes y directivos de Wall Street serán premiados, tal como lo asegura Robert Reich, con una suma cercana a los 25.000 millones de dólares en bonificaciones anuales que serán distribuidas en los próximos meses entre un puñado de privilegiados.[4] Un verdadero escándalo para un país cuya tasa real de desempleo –es decir, incluyendo a los trabajadores indocumentados, los que trabajan a medio tiempo y los que dejaron de buscar empleo- supera ya la marca del 20 % y en el cual las diferencias de remuneraciones entre la gerencia y los trabajadores se ha disparado a las nubes. Hace unos 25 años los primeros percibían salarios que fluctuaban entre 30 y 40 veces por encima de los del trabajador medio; en la actualidad estudios concretos revelan que esa diferencia alcanzó la astronómica cifra de 344 veces. Magia del mercado, que le dicen. [5]

Llegados a este punto es conveniente preguntarse por las razones que produjeron tan fenomenal polarización entre las remuneraciones de unos y otros. Hay dos causas principales: por una parte, las políticas neoliberales de desregulación y liberalización de la vida económica, que removieron los controles existentes desde la época del New Deal y la posguerra que ponían ciertos límites al despotismo del capital. Ronald Reagan comenzó la demolición y sus continuadores, sin excepción, profundizaron esa política. Por otro lado, el radical debilitamiento de los sindicatos: si en la década de los cincuentas más de la tercera parte de los empleados del sector privado estaban sindicalizados, la legislación anti-laboral (“flexibilización” y precarización de la relación obrero-patronal) promulgada desde los años ochenta hicieron que la proporción de trabajadores encuadrados en organizaciones sindicales se desplomara a un 7 % en los últimos años. Investigaciones empíricas demuestran que en las empresas sin sindicatos los gerentes tienen sueldos y compensaciones un 20 %  superiores a las de sus colegas en empresas en donde existen sindicatos; y que los trabajadores en las primeras perciben ingresos muy superiores a los que reciben quienes se desempeñan en otras en las cuales no hay actividad sindical.

Lo anterior revela los alcances del proceso de intensificación de la explotación capitalista en Estados Unidos y la exacerbación de la concentración de la riqueza en manos de la clase dominante. En cierto sentido podría pues decirse que en ese país asistimos a una situación en la cual la lucha de clases se desenvuelve sordamente bajo un espeso velo ideológico que impide a las clases y capas subalternas adquirir una verdadera comprensión de sus propias condiciones de existencia y las causas de sus pesares. Toda la industria cultural norteamericana ha sido diseñada para negar la existencia de las clases y su irreconciliable contradicción. 

La permanente invocación y exaltación del American Dream -que llegó a su apoteosis con la llegada de un afro-americano a la Casa Blanca- no es sino ese cemento ideológico del cual hablaba Gramsci y mediante el cual los víctimas del sistema se culpabilizan a sí mismas de sus miserias y fracasos e inocentizan al sistema capitalista por sus desdichas y padecimientos. Lucha de clases velada y, además, atrofiada, porque la crisis del movimiento obrero, el derrumbe del sindicalismo y la claudicación del partido Demócrata (que abandonó por completo su antigua pretensión de representar a las capas medias y los trabajadores para entregarse de cuerpo y alma a los yuppies del capital financiero) dejan a la enorme masa de trabajadores asalariados norteamericanos huérfana de toda expresión política y sindical y, por eso mismo, sin capacidad para poner coto a las exacciones a que se ve sometida por la clase dominante. Bajo estas condiciones, los anuncios y la retórica de Obama difícilmente puedan surtir algún efecto: se requiere mucho más que palabras y discursos, y parece que eso es todo lo que aquél puede ofrecer al menos por ahora.

El deterioro de la situación social en los Estados Unidos puede graficarse elocuentemente si se repara que a partir del 2008 “7 millones perdieron su empleo,... 1 de cada 8 (norteamericanos) se alimenta a través de vales de comida y 1 de cada 5 dice que el año pasado tuvo serios problemas para dar de comer a los suyos.” [6] También, si se tiene en cuenta que “si antes de las reaganomics (en los años 70s ) el 10% más acomodado capturaba menos de un tercio de la riqueza -igual no era poco-, hoy se alza con la mitad.”[7] Esto constituye el telón de fondo de los recientes anuncios de Obama. Son también, por supuesto, factores que explican la abrupta caída en la popularidad presidencial. De todos modos, bastó que aquél hiciera algunos anuncios previos en relación a estos programas para que el establishment norteamericano y sus voceros reaccionaran con virulencia, fulminando al ocupante de la Casa Blanca con el rótulo de “populista” por su fuerte “retórica en contra de los bancos.” [8]

Pero el malestar y la debilidad de Obama tiene también otras fuentes: una de ellas es la generalizada sensación de que la “guerra infinita” de George W. Bush es una pesadilla interminable que se agrava con el paso del tiempo, tal como lo demuestran las fatídicas noticias que a diario llegan de Irak, Afganistán y Pakistán. Y si bien en su alocución al Congreso Obama aseguró que las tropas estacionadas en Irak regresarían a casa en Agosto son pocos los que creen en semejante promesa. Es más, no sería absurdo conjeturar que la creciente militarización de las relaciones hemisféricas -con base en Colombia, convertida en la Israel latinoamericana- podría tener como consecuencia la apertura de un tercer frente bélico, ahora en esta parte del mundo.

A ello agréguese la muy difundida percepción de que la decadencia del “imperio americano” no encuentra en el ocupante de la Casa Blanca el piloto de tormentas que se necesita para enfrentar tan delicada situación agravada, además, por la creciente complejidad de un escenario global caracterizado por: (a) la aparición de nuevas actores dotados de extraordinarios recursos –China, en primer lugar, pero también India, Rusia y la misma Unión Europea- y (b), por el surgimiento de inéditos desafíos, como el cambio climático, la crisis del agua, el terrorismo internacionalizado y el tráfico ilegal de drogas, personas y armas, cuestiones estas que ponen en entredicho la eficacia de los mecanismos tradicionales de intervención en el sistema internacional.

Por eso, a poco andar, La obsesión por derrocar a Hugo Chávez y “normalizar” el cuadro político latinoamericano podría llegar a precipitar tal desatino.las promesas electorales de Obama se fueron abandonando sin mayores explicaciones. Su decepcionante conducta en la Cumbre de Copenhagen demostró claramente la tibieza de sus afanes innovadores.Y lejos de “desmilitarizar” la política exterior de Estados Unidos lo que hizo Obama, sin fuerzas para sobreponerse a las presiones de sus generales y el “complejo militar-industrial”, fue delegar cada vez más sus prerrogativas como comandante supremo de las fuerzas armadas en manos del establishment. Una buena prueba de ello la ofrece el hecho de que el presupuesto militar aprobado para este próximo año es el mayor de toda la historia de Estados Unidos, superando con largueza el billón de dólares (un millón de millones de dólares) si se consideran los gastos militares efectuados por todos los departamentos de la Administración federal y no sólo por el Pentágono. 

Lejos de revertir el papel dominante del Departamento de Defensa en la formulación de la política exterior, que es uno de los legados más funestos de la era Bush Jr., lo que hizo Obama fue proseguir en el mismo curso, algo que podía fácilmente pronosticarse a partir de la ratificación de Robert Gates al frente del Pentágono, nombrado como se recordará por su predecesor en reemplazo de Donald Rumsfeld. La gira por Asia mostró, además, a un presidente norteamericano a un paso de la humillación en su visita a China, y con Japón reclamando cada vez con más energía la redefinición de las relaciones nipo-estadounidenses constreñidas aún por los leoninos arreglos de la postguerra y las secuelas de la Guerra Fría.

En lo que hace a esta parte del mundo el desempeño de Obama fluctúa entre la intrascendencia y, otra vez, la continuidad con las políticas de Bush Jr.  Pese a sus promesas de cerrar en el plazo de un año la cárcel ilegal que mantiene en la base naval de Guantánamo Obama tuvo que reconocer que tal cosa será imposible, al menos por ahora. La Cuarta Flota sigue navegando nuestras aguas y ahora los marines (unos 14.000 al día de hoy) asumieron el control de una devastada Puerto Príncipe que necesita médicos, trabajadores sociales, ingenieros y arquitectos y no máquinas de matar. El objetivo, claro está, es reforzar hasta el paroxismo su control territorial en la región, y el terremoto y la posterior tragedia haitiana le brindó a Washington una magnífica excusa, al igual que el derrumbe de las Torres Gemelas lo hizo para lanzar los planes belicistas de Bush y compañía. 

El comportamiento de Obama durante el golpe de Honduras fue, al principio errático, pero luego que la Secretaria de Estado Hillary Clinton fijara la postura de los sectores dominantes del imperio -que encuentran en ella a su más calificada y confiable representante- y caracterizara lo ocurrido en ese país centroamericano como un “interinato” la Casa Blanca se plegó a la línea emanada del “gobierno permanente” de Estados Unidos y, en la actualidad, ha convalidado plenamente el golpe por la vía del reconocimiento de la validez de unas elecciones tan fraudulentas y viciadas que la OEA y el Centro Carter decidieron que no valía la pena monitorear.

Como si lo anterior fuera poco Obama no hizo absolutamente nada en relación a la situación de los 5 cubanos prisioneros en las cárceles de Estados Unidos, bajo condiciones que ni siquiera se le aplica al más feroz criminal serial y que fueron sentenciados en un escandaloso juicio que constituye una vergüenza para el sistema judicial norteamericano. En relación al bloqueo a Cuba, condenado por toda la comunidad internacional con la excepción del propio Estados Unidos, su estado-cliente Israel y su protectorado en la Micronesia, Obama no tomó ninguna medida significativa para la eliminación de tan infame política. 

Como si lo anterior fuera poco firmó con Uribe un tratado por el que se le concede a Estados Unidos el derecho a instalar siete bases militares en Colombia, cuyo objetivo apenas silenciado es el de poder controlar con sus aviones cualquier movimiento significativo que tenga lugar en Sudamérica, hasta las cercanías del Cabo de Hornos. Tal como lo señalara el Comandante Fidel Castro, ese tratado constituye en realidad una anexión de facto de Colombia a los Estados Unidos: sus militares y civiles pueden entrar y salir a voluntad de Colombia, sin utilizar pasaportes. Basta para ello con exhibir un simple carnet de identidad. Los colombianos que quieran ingresar a Estados Unidos, en cambio, son sometidos a toda clase de controles y vejaciones. Los cargamentos que los norteamericanos internen o saquen del país no pueden ser sometidos a fiscalización alguna por parte de las autoridades colombianas.

Pueden importar armas de destrucción masiva, si se lo proponen; y exportar estupefacientes, cosa que ya hicieron en el pasado (recordar el affaire Irán-Contras). Por si lo anterior no bastara, los estadounidenses establecidos en Colombia gozan de total inmunidad diplomática y no pueden ser llevados a los tribunales colombianos por cualquier delito o crimen cometido en ese país. Y este tratado lo firmó Obama, no Bush.  Para resumir: al cabo de un año la gestión Obama revela que es más de lo mismo, a pesar de sus recientes arrestos dialécticos que habrá que ver si son sucedidos por iniciativas concretas, cosa que no parece demasiado probable. Noam Chomsky tenía razón cuando advirtió, mucho antes de su elección, que “Obama es un blanco que tomó demasiado sol”.

- Dr. Atilio A. Boron, director del Programa Latinoamericano de Educación a Distancia en Ciencias Sociales (PLED), Buenos Aires, Argentina www.centrocultural.coop/pled-  http://www.atilioboron.com

[1]http://www.rasmussenreports.com/public_content/politics/obama_administration/obama_approval_index_history
[2] http://www.gallup.com/home.aspx
[3]Obama pone un drástico límite a los bancos y al sector financiero, en Clarín  http://www.clarin.com/diario/2010/01/22/elmundo/i-02124926.htm
[4] http://www.clarin.com/diario/2010/01/21/opinion/o-02124068.htm
[5] «Workers Need Added Clout To Close The Pay Gap with CEOs”, en http://www.commondreams.org/view/2008/09/01
[6] Cf. Hinde Pomeraniec, “Gerente o líder”, http://www.clarin.com/diario/2010/01/28/elmundo/i-02128501.htm
[7] Cf. Néstor Restivo, “El lento declive de la clase media y el sueño americano”, en http://www.clarin.com/diario/2010/01/28/elmundo/i-02128501.htm
[8] “CBS’s Reid calls Obama’s populism ‘more like politics than a real plan’”, en http://businessandmedia.org/articles/2010/20100125145911.aspx


Fuente ALAI

Imagen Lacoste



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06 enero 2010

Millones de hambrientos en EE.UU.



Por Rebeca Logan

Pocos se imaginan que en Estados Unidos, el país más rico y que más alimentos produce, existen niños como Daniel, quien a sus cinco años tiene que depender de un banco de comida para su alimentación.


Su padre perdió su trabajo en el 2008 y desde entonces su familia ha batallado para mantenerse a flote, incluso en ocasiones subsistiendo con sólo una comida al día. Su madre, Santana, trabaja como vendedora en una tienda, pero el dinero no le alcanza para alimentar a sus seis hijos, a pesar de recibir bonos de alimentos del gobierno y subsidios escolares.

Y el caso de Daniel y su familia no es único, según explica Russ Fraser de Feeding America, la principal organización de lucha contra el hambre en Estados Unidos, que anualmente provee alimentación gratuita a nueve millones de niños, incluyendo la familia de Daniel quien reside en Colorado.

"El número de niños que pasan hambre en este país es impresionante. Uno de cada cuatro niños están en una situación de inseguridad alimenticia, que significa que no tienen el acceso adecuado a una alimentación completa, pero también estamos viendo que incluso hay un porcentaje que está pasando hambre, que se acuestan sin comer", dijo Fraser a BBC Mundo.

Uno de los factores que mitiga el hambre para estos niños son las comidas que reciben en las escuelas públicas del país, pero incluso ahí se están viendo los estragos.

"Me han contado algunos maestros que han visto niños que envuelven los sobrados del almuerzo en la escuela para llevarse y tener que comer cuando llegan a sus casas", relata Fraser.

Y para quienes crean que las campanas para "adoptar" niños pobres se limitaban al Tercer Mundo, en la página web de Feeding America, se pueden ver fotos de niños tiernos al lado de titulares que rezan: "por cada dólar donado ayudas a proveer 7 comidas para hombre, mujeres y niños que enfrentan hambre en nuestro país"


Vacaciones con hambre

Pero cuando llegan las vacaciones, 17 millones de niños dejan de recibir estas comidas diarias y recurren a organizaciones como la que representa Fraser que coordina una red de bancos de comida en todo el país que proveen asistencia alimenticia a millones de familias.

En los últimos dos años, con la tasa de desempleo más alta en décadas, millones de familias que han perdido sus casas y empresas que cierran a diario, la necesidad ha alcanzado cifras exorbitantes en un país donde más de 49 millones de personas viven al borde del hambre.

Según datos del gobierno, en el último año el número de personas que viven en la pobreza aumentó en 1.1 millón.

"La demanda de alimentos de nuestra organización a nivel nacional ha subido el 30% en comparación al año pasado, pero en algunas zonas del país, donde han cerrado empresas y no hay ingresos, la demanda aumentó en un 100%, hay comunidades realmente devastadas", anotó Fraser, cuya entidad repartió 400 millones de libras de comida más que el año anterior.


Los ricos también lloran

Pero no sólo los pobres "tradicionales" están sufriendo los estragos de la recesión y la falta de comida. Fraser comentó de un caso en la Florida en el que recibieron una llamada de una familia que necesitaba alimentos.

"Cuando llegaron a la casa vieron que era una vivienda elegante en un buen barrio, y les pareció extraño que los mandaron a distribuir comida a esa dirección. Pero cuando la familia abrió la puerta vieron que la casa estaba completamente vacía. Ambos padres habían perdido su trabajo, y habían empleado o vendido todo lo que tenían, apenas les alcanzaba para pagar la hipoteca, y estaban a punto de perder su casa", relató Fraser.

"La gente no se da cuenta que a pesar de la gran abundancia también existe un nivel de pobreza muy grave. Uno de cada ocho recibe cupones del gobierno para comprar alimentos. Incluso para la gente que tiene trabajo es difícil, primero pagan sus cuentas como el arriendo y la luz, pero a mediados del mes ya no tienen dinero para comprar comida", señaló.

Además de los bancos de comida y organizaciones caritativas, millones de familias en Estados Unidos dependen de los cupones de alimentos, un programa del gobierno que subsidia la compra de productos básicos.


Cupones para millones

Este programa también está viendo cifras récord con 36,5 millones de personas inscritas hoy en día, en comparación a los 29,4 millones que reciban esta ayuda mensual en el 2008. Según J.P. Morgan, que administra en más de 20 estados las tarjetas automáticas que se utilizan para comprar comida bajo este programa, el 85% de los beneficios se agotan en los 3 primeros días.

Pero incluso este alto número no refleja la magnitud del problema ya que hay millones más que son elegibles para recibir estos cupones por sus bajos ingresos, pero que no los utilizan, debido al burocrático proceso de inscripción, porque no saben que tienen acceso o por el estigma relacionado con recibir asistencia pública.

Por ejemplo en el estado de Nueva York, para recibir estos beneficios, que a veces equivalen a US$80 al mes, los solicitantes deben someter sus huellas digitales al igual que quienes son arrestados por cometer un crimen.


La pobreza en otro idioma

"Para muchos recibir los cupones de alimentos es tocar el fondo, se sienten mal. Pero dicen que es preferible eso a dejar a los niños con hambre", explicó Ofelia Tapia, quien da clases de nutrición a personas que utilizan la asistencia pública y los bancos de alimentos en el estado de Virginia.

Tapia relató a BBC Mundo que en particular las familias inmigrantes han sido muy afectadas por la crisis económica y prefieren inscribir a sus hijos en programas de asistencia antes que utilizar beneficios para ellos mismos. Otros simplemente están regresando a sus pases por la falta de trabajo.

"Aunque estamos en el país que toda la gente dice que es el más rico del mundo, aquí también hay pobreza y gente batallando para sobrevivir", comentó Tapia, quien nació en Estados Unidos de padres mexicanos.

"En México hasta en el pueblo más humilde la gente tiene que comer, si hay poco, se reparte y las familias se acogen. Aquí cada uno tiene que pagar lo suyo, y las familias no se acogen", agrega.


Fuente BBC Mundo


El énfasis es mío




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05 enero 2010

Islandia: el pueblo decide si pagar o no



Los ciudadanos de Islandia tendrán la última palabra en la que es vista como la decisión económica más importante de la historia del país: pagar o no los costos de la bancarrota de un banco de ese país.

Este martes, el presidente islandés, Olafur Grimsson, dijo que vetará la ley aprobada por el parlamento que obligaba al gobierno a pagar los más de US$5.000 millones de deuda. La segunda medida será llamar a un referendo.

"Es el deber del presidente de Islandia asegurarse que los deseos de la nación serán satisfechos", dijo Grimsson al anunciar la decisión que tomó por sorpresa a muchos.

Así, serán los ciudadanos los que decidirán si el gobierno islandés debe pagar a sus pares del Reino Unido y los Países Bajos una compensación ya que estos protegieron a los clientes del Icesave.

Ese banco y su casa madre, el Landsbanki, colapsó y fue nacionalizado en 2008 y miles de personas temieron por sus ahorros, pero el gobierno británico y el holandés intervinieron para asegurar los depósitos.


Oposición

Pero desde entonces, fue creciendo en Islandia la oposición popular al pago de esa deuda: según varios islandeses, se les está haciendo pagar a los contribuyentes del país por el mal manejo financiero del banco.

Una encuesta de agosto pasado sugiere que 70% de los islandeses se oponen al pago de la compensación.

Una petición firmada por casi un cuarta parte de los votantes del país fue entregada al presidente el fin de semana, pidiéndole que llame a un referendo.

La consulta popular se llevará a cabo "apenas se pueda", dijo Grimsson.

Los gobiernos de los países afectados respondieron inmediatamente a la decisión.

Mientras que Londres dijo que "espera resolver este tema lo antes posible", Amsterdam fue más duro y dijo que estaba "extremadamente desilusionada".

Según el corresponsal de la BBC en Bruselas, Dominic Hughes, la decisión que tomen los islandeses en el referendo podría tener un impacto negativo en las posibilidades de que el país sea aceptado pronto en la Unión Europea.


Fuente BBC Mundo


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