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17 noviembre 2009

Otro hijo de puta nuestro



Por Andrés Sal.lari

Cuenta la historia que Franklin Delano Roosvelt, presidente de Estados Unidos desde 1932 a 1945, afirmó en una oportunidad que el dictador proestadounidense Anastasio Somoza “es un hijo de puta, pero es nuestro hijo de puta”.

La dinastía Somoza gobernó a Nicaragua durante 40 años con mano de hierro, siempre con el aval de Washington.

Han pasado casi 80 años desde que Somoza le tendió una trampa a Augusto Sandino para asesinarlo cobardemente.

Muchas cosas han cambiado en el mundo desde entonces, pero la política imperial de aliarse a cualquier “hijo de puta” que responda a sus intereses no puede incluirse en el ítem de los cambios.

No es nada fácil poder evidenciar estas afirmaciones de manera contundente, pero la misma historia a veces nos ofrece posibilidades de hacerlo.

El pasado 12 de noviembre, Prensa Latina informaba que la secretaria estadounidense de Estado, Hillary Clinton, “exigió” al presidente afgano Hamid Karzai a erradicar la extendida corrupción en Afganistán y aceptar una mayor responsabilidad por su propia defensa. Es una declaración casi risueña, si tomamos en cuenta que una semana antes el canciller francés, Bernard Kouchner, había asegurado que Karzai era corrupto pero que a la vez era “nuestro hombre”.

“Karzai es corrupto, ok, la corrupción es endémica en Afganistán… es nuestro hombre, debemos legitimarlo”, afirmó Kouchner en un arranque de sinceridad.

No es un detalle menor, Estados Unidos y sus aliados llegaron a Afganistán prometiendo democracia, impusieron a Karzai a sangre y fuego, luego lo legitimaron con elecciones bajo la ocupación y en agosto pasado le organizaron otras elecciones que los mismos veedores de la ONU declararon fraudulentas.

Decidieron organizar una segunda vuelta para volver a legitimarlo, pero el candidato que debía enfrentar a Karzai se retiró argumentando que no existían condiciones mínimas para permitir unas elecciones limpias.

Pese a todo Kouchner declara que hay que legitimarlo -claro que Hillary Clinton es más inteligente y no se atrevió a tanto-.

Tal vez porque está asesorada por altos funcionarios de la CIA, que según denunció el New York Times el pasado 28 de octubre, mantuvo durante años al hermano de Karzai, Ahmed Wali como personal estable de la agencia.

Ahmed Wali ayudo a la CIA a reclutar paramilitares cerca de Kandahar (la segunda ciudad más grande de Afganistán) y a arrendar una base militar.

El buen hermano de Karzai también es uno de los traficantes de drogas más connotados de Afganistán.

Sobre la relación de los ocupantes con el tráfico de drogas se publicaron unos datos muy interesantes en el Asia Times (que reprodujo Rebelión).

Allí pudimos enterarnos gracias a una nota del periodista M K Bhadrakumar que el ministro de Lucha contra las Drogas en Afganistán, general Khodaidad Khodaidad denunció que contingentes de la OTAN de EE.UU., Gran Bretaña y Canadá estaban “gravando” la producción de opio en las regiones bajo su control.

El ex director general de la Inteligencia Interservicios de Pakistán (ISI), general Hamil Gul, había afirmado anteriormente que aviones militares estadounidenses estaban siendo utilizados para el narcotráfico en Afganistán. También fuentes rusas bien informadas hicieron comentarios en los medios de que tropas estadounidenses estaban haciendo un próspero negocio en el narcotráfico en Afganistán, ascendiente a cientos de millones de dólares.

Por lo que se puede apreciar, el problema imperial no se circunscribe a apoyar a tal o cuál hijo de puta en determinado país, sino a erigirse en los principales hijos de puta en si mismos.

Suena feo y ordinario, pero se infiere de sus propias consideraciones, y de realizar una apreciación lisa, llana y despojada de hipocresías.


Fuente Rebelión

El énfasis es mío


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Prolifera la economía del opio



Por Hedelberto López Blanch

Tras cumplirse, este octubre, ocho años del bombardeo, invasión y ocupación de Afganistán por parte de tropas estadounidenses con el pretexto de eliminar a los talibán, a la organización Al Qaeda y a su jefe Osama Bin Laden, en esa nación del suroeste asiático ha prosperado el negocio del opio lo que le ha valido para ganarse el sobrenombre de estado narco.

Las supuestas alegaciones estadounidenses para invadir este territorio después del derrumbe de las torres gemelas el 11 de septiembre de 2001 no se han conseguido pese a los miles de soldados de Washington y la OTAN presentes en Afganistán y muchos especialistas aseguran que la verdadera intención estadounidense era la de mantener una presencia militar permanente en la estratégica zona.

Para nadie es un secreto que Estados Unidos sueña con controlar las riquezas energéticas de Asia Central, construir oleoductos que le posibiliten la comercialización, pero debía pacificar Afganistán, por donde pasaría esa conexión, instalando un gobierno dócil y afín. Esto último lo han logrado sólo a medias con la permanente presencia de las fuerzas militares, aunque ha sido imposible apaciguar el país.

Mientras tanto, la proliferación de la producción de opio ha subido un 3.000% desde que los talibán fueron expulsados del gobierno en 2001. En 1999 los talibán ilegalizaron ese cultivo y dos años después la planta estaba prácticamente erradicada, indicó un informe de la Junta Internacional de Fiscalización de Estupefacientes de las Naciones Unidas.

Datos de Organizaciones no Gubernamentales indican que el gobierno presidido por Hamid Karzai (quien acaba de ser reelegido tras cancelarse la segunda vuelta en las pasadas elecciones donde primó el fraude, según Naciones Unidas), obtiene el 25% del Producto Interior Bruto (PIB) del negocio de la droga.

La cifra alcanza a cerca de 3.000 millones de dólares y con la producción total proveniente de las distintas fuentes se abastece el 85% del mercado europeo y el 35% del estadounidense.

Recientes investigaciones periodísticas han denunciado que Ahmed Wali Karzai, hermano del presidente y gobernador de la provincia de Kandahar, es uno de los mayores traficantes de droga del país.

El opio proviene de una planta llamada amapola cuya flor al eclosionar produce una leche que se colecta y se vende. Después se debe realizar un tratamiento químico para el que se necesita disponer de laboratorios para procesar el líquido y convertirlo en heroína o morfina.

El campesino afgano no cuenta con dinero ni capacidad para producir a gran escala esas drogas y el negocio están en manos de los llamados Señores de la Guerra que controlan las distintas regiones del país, así como de integrantes del gobierno impuesto por Estados Unidos. También participan miembros de las fuerzas de ocupación y de la Agencia Central de Inteligencia (CIA) estadounidense.

Para sacar el opio de Afganistán se necesitan transportes y grandes contactos para atravesar fronteras y ponerlo a disposición de los consumidores en las naciones occidentales.

Aunque el régimen de Karzai fue impuesto por Washington, el Parlamento de ese país ha acusado a los ejércitos de ocupación de ser los responsables del transporte de la heroína hacia otras naciones de occidente para costear diferentes guerras.

Esa imputación no es nueva, pues en los años 70 Estados Unidos sufragó parte de su conflicto bélico en Vietnam por medio del llamado Triángulo de Oro, y una década después repitió esa acción para mantener a las fuerzas contrarrevolucionarias que desestabilizaron al gobierno sandinista nicaragüense. Ocho largos años han transcurrido desde la invasión sin que las tropas extranjeras hayan podido controlar la situación militar, ni se ha llevado adelante el inicialmente previsto Plan Marshall para Afganistán (en referencia al puesto en marcha en Europa tras la Segunda Guerra Mundial).

En esa nación, 10 millones de habitantes carecen de empleo (el 70% de la población económicamente activa), el analfabetismo alcanza al 80% de los habitantes, la carencia de agua potable y alcantarillado es casi generalizada en todo el territorio, el 50% de los niños padecen malnutrición y a diario mueren 600 por enfermedades evitables, 22 millones (de los 30 millones de habitantes) sobreviven del cultivo de la amapola.

Las promesas de reparar las viviendas y construir otras nuevas después de la ocupación ha pasado a las páginas del olvido y el único pequeño hospital que se erigió en Kabul se encuentra sin techo, con las cañerías de agua tupidas y la atención asistencial es ínfima.

Aunque el dinero continúa fluyendo hacia Afganistán para tratar de mantener la presencia de las tropas ocupantes, la mayor parte se gasta en el pago a los miles de empleados occidentales contratados cuyos sueldos son 200 veces superiores a los recibidos por cualquier trabajador nacional.

Con un país destruido y empobrecido, muchas familias afganas han seguido dos caminos: enfrentarse a los ocupantes y tratar de sobrevivir con el negocio del opio.


Fuente Rebelión

El énfasis es mío



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